En defensa de Manuel Cruz. Yo Acuso, por José Carlos Bermejo Barrera

  • Fecha:23-09-2019

YO ACUSO por Carlos Bermejo Barrera

Avive el seso, mantenga su concentración y centre su atención quien esto leyere, pues a estas alturas del párrafo habrá sido ya testigo de nada ni nada menos que de un plagio del artículo J´accuse, publicado el 13 de enero de 1898 en L´Aurore por el gran novelista Émile Zola, y que es, nada más ni nada menos, que una obra maestra de la historia del periodismo y un hito considerado como la partida de nacimiento de la figura del intelectual, o sea, del escritor o filósofo que ejerce como guía moral de su país y de su tiempo. Quien esto suscribe sería el autor de un nuevo supuesto plagio si se diese el caso de que los títulos de libros y otras obras de creación estuviesen amparados por la ley de la propiedad intelectual, lo que no siempre es así.

Cuando el título de un libro es meramente descriptivo, como por ejemplo Derecho privado romano, varios autores pueden publicar diferentes textos amparados por él, ya que solo se refiere al tema del que se va a tratar. Cuando, por el contrario, un título posee un valor poético, simbólico, o hace referencia a una creación literaria como serían los casos de Lolita, o El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, podríamos decir que hay un cierto plagio, o una usurpación de la propiedad intelectual, si, como en el caso de Avellaneda, queremos hacer pasar nuestra segunda parte del Quijote por la legítima conclusión de la primera parte, arrebatándole ese derecho a don Miguel de Cervantes. A veces el nombre de un personaje literario llega a convertirse en un nombre común, como cuando la palabra “Lolita” designa a las adolescentes sexualmente precoces, o los “Quijotes” a cualquier personaje idealista que vive al margen de la realidad.

Queda pues exculpado el que esto firma del grave baldón de plagiario académico, ahora tan en uso, pero si se le puede exigir una explicación de su vampirismo zoliano. Suele decirse que quien no sabe pensar hace comparaciones, pero en este caso la comparación viene muy al caso, porque de lo que se trataba en la Francia de fines del siglo XIX y en la España de comienzos del siglo XXI es de algo muy similar.

El 15 de octubre de 1894 el capitán Alfred Dreyfus, primer oficial judío y francés que había conseguido pertenecer al Estado Mayor del ejército, es detenido y acusado falsamente de espionaje, pues el autor del hecho que se le imputaba, haber pasado documentación sensible al agregado militar de Alemania en París, había sido el comandante Esterhazy durante el día 20 de julio de ese mismo año. Dreyfus fue juzgado y condenado como traidor, y en su sentencia influyó su condición de judío, aireada por el naciente movimiento antisemita. Dreyfus fue degradado, condenado y desterrado, hasta que se demostró su inocencia y fue indultado el 20 de septiembre de 1899, reintegrándose en el ejército. Murió con el grado de coronel retirado en 1935.

En el caso Dreyfus fue la prensa la que desveló la verdad, desde el año 1896, cuando el diario Le Matin sacó a la luz documentos a favor de la inocencia de nuestro capitán. Zola fue condenado por su artículo a un año de prisión en febrero de 1898, pero en agosto de ese mismo año comenzó la revisión del proceso. El papel de la prensa y de E. Zola en el asunto Dreyfus dio nacimiento a nueva época en la que prensa pasaba a ser la garante de la verdad, frente a la manipulación de la misma que solían hacer los gobiernos - no en vano se decía en la Inglaterra de la época “no te creas nada hasta que lo desmienta el gobierno”- y los intelectuales y profesores universitarios los “maestros” de cada país, como lo fueron en España Miguel de Unamuno o José Ortega y Gasset, dos pensadores que combinaron la creación intelectual en profundidad con el periodismo, al que consideraron como una forma privilegiada del ejercicio de su magisterio.

Nada de esto ocurre ya en los medios de comunicación de nuestro país, pues en ellos la verdad se dosifica de modo que siempre esté al servicio de la retórica, de la propaganda y de la defensa de los intereses de partidos, corporaciones o personas relevantes. En la esfera pública se considera que dos medias verdades hacen una verdad entera, cuando solo son dos mentiras; que lo que vale para uno no vale para el otros, según sea mi amigo o mi rival; que es lo mismo el todo que la parte; que se puede exagerar el tono o rebajarlo a demanda y que si no se dispone de hechos o argumentos sirve cualquier comparación, si el propósito es bueno, y está claro que el nuestro siempre lo es.

Y sobre todo se considera que es lícito agarrarse a las palabras, sacarlas de contexto, retorcer sus significados, y sobre todo que cualquiera puede hablar de todo, aunque casi nunca sepa de lo que está hablando. Y es que los debates racionales, que nacieron a la par que la filosofía, ya han dejado de interesar a nadie. Lo que de verdad importa es excitar las pasiones, los sentimientos, mover los resortes más irracionales de nuestras almas para conseguir a cualquier precio y por encima de quien haga falta aquello que nos interesa en cada momento y que en cada momento puede ir cambiando.

Este ha sido el caso del supuesto desvelamiento de los gravísimos plagios imputados al profesor Manuel Cruz, que antes de ser diputado, senador y presidente del Senado, era, es y seguirá siendo un profesor respetable y un filósofo original y creativo, como sabemos los que leemos sus obras y tenemos capacidad para entenderlas, cosa que requiere estudio y dedicación.

Los amantes de sobrevolar textos que no pueden comprender deberían tomarse el trabajo de pasar por el censor digital todos los libros del profesor Cruz y hacer así el porcentaje de sucesiones de palabras, que no de copia de ideas, en la totalidad de sus 34 libros. Y deberían también, cuando lo acusan de haberse hecho rico con un manual plagiado, pedir al editor del mismo una certificación de las tiradas y ventas y de los ingresos devengados y el IRPF retenido por esas ventas. Pero sobre todo deberían demostrar que saben de lo que están hablando, porque mencionar un hecho no es plagio, ni tampoco exponer una idea de otro filósofo conocida por los especialistas y que está claro que es la de es otro filósofo, pues se está explicando su pensamiento. En esto consisten los manuales de “Historia de la Filosofía”, en hacer inteligible lo que los grandes filósofos pensaron, que es lo que hizo M. Cruz en los ejemplos descubiertos tras ardua investigación.

Si se dice, siguiendo la autobiografía de B. Russell, dónde nació y estudió, y que en el año 1900 asistió al Congreso Internacional de Filosofía en París, se dice algo que es sabido por quienes lo hemos leído, y que repiten Abbagnano y Cruz como puede decirlo cualquiera, del mismo modo que cuando se habla de su destitución como profesor por participar en 1916 en la campaña contra el servicio militar. Un hecho es un hecho, no una idea original, y por eso nadie dirá a dos historiadores que cuentan que el 23 de febrero de 1982 Tejero entró en el Congreso y que se sucedieron una serie de hechos que uno plagie al otro. Los hechos son lo que son y se recogen verazmente o no, lo que es original, y objeto de plagio es la manera cómo se pueden interpretar. Y en ninguno de los ejemplos recogidos hay ninguna interpretación original ni por parte del supuesto plagiador ni de los plagiados. Solo hay hechos, fechas o ideas bien conocidas.

En filosofía se ponen muchos ejemplos, que pasan de generación en generación, como ocurre con los citados sobre Dante y sobre el planeta Venus, cuando se explica en la filosofía de Frege la diferencia entre sentido y referencia. En filosofía los ejemplos creados por un filósofo pasan de un autor a otro y de generación en generación, como los teoremas de las matemáticas o las leyes científicas. No hay que decir siempre que la ley de gravedad la formuló Newton, ya lo sabemos, y por eso la usamos miles de veces. Lo que hay que saber es de qué se habla con ejemplos como los citados. Si en un manual se dice “todos los cuervos son negros” es para poner el ejemplo de un juicio universal afirmativo, y no un descubrimiento ornitológico. Si se dice por milésima vez “todos los hombres son mortales / Sócrates es un hombre/ luego Sócrates es mortal”, no es para habilitarse como forense sino para explicar la primera figura del silogismo. Y ya no digamos si decimos the cat is on the mat (el gato está sobre la alfombra), ejemplo repetido hasta la saciedad en los libros de lógica anglosajones, que no requiere psicoanalista que lo interprete.

No quedan Zolas, ni Unamunos u Ortegas en España. Solo quedan marionetas en forma de tertulianos, propagandistas y agitadores al servicio de quien les paga y dispuestos a pasar por encima de quien les toque: en este caso el profesor Manuel Cruz.

José Carlos Bermejo Barrera

Catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago de Compostela